viernes, 22 de octubre de 2010

Aconcagua (Nido de cóndores) 2010 VIII

La noche está muy fría ,el otro grupo intenta salir, pero rápidamente regresa. Creo que no se han animado. Han sentido las garras de la bestia y prefieren regresar. El viento no cesa.





Desde que planifiqué la aventura, he tenido en claro que ama la vida y mis veinte dedos y que no correré ninguna clase de riesgos y a estas alturas lo más seguro es tener delante a un guía experimentado que tome por nosotros las decisiones importantes. Y yo obedezco, claro está.

El itinerario Cólera, Piedras Amarillas, Piedras Negras, Independencia, La Cueva, La Canaleta y la cumbre empieza a esfumarse.




Levantamos el campamento, y comenzamos a descender. El clima del grupo no es bueno. Los pases de factura están a la orden del día. Los que no pudieron salir para arriba creen que las condiciones meteorológicas fueron generadas por el otro grupo; y nosotros pensamos que si la tenían tan clara debieron haber intentado, aún con tormenta.



Es el Aconcagua, el Coloso de América, el Centinela de Piedra, y nosotros, lejos estamos de ser expertos, hemos elegido la ruta más simple de todas, precisamente, aquella que evita dentro de todo lo posible el encuentro con canaletas, acarreos, portezuelos, planchones y largas paredes de piedra.

Aún así, la altura, el enfrentamiento con ella, es inevitable.

Tengo un problema. Veo imágenes de mi infancia. Me aparece el club de natación delante de mis ojos. Por un rato, me quedo en silencio.
Me cuesta estar parado, estoy muy, muy cansado y me ataca el sueño porque, supongo, no estoy oxigenándome bien.

¿Por qué me pasa esto, si ayer mismo estaba con buen ritmo?
Me pasa porque es el cerro el que pone las condiciones.

El resto está más entero y avanzan en la superación de sus problemas. Hacemos un nuevo descanso y les digo lo que estoy pensando. Palabras más, palabras menos. No quiero retrasarlos ni vivir una experiencia penosa hasta quedarme y que tengan que bajarme.

Intentan convencerme de que viva mi Aconcagua, de que busque mi límite. He pasado muchos días soportando malestares y temporales y trepando como cabras como para que no experimente mi propia versión del cerro. Por suerte para mí, nada nos debemos con el Aconcagua y puedo decidir tranquilamente hasta dónde seguir sin perder la elegancia, el mando de mi cuerpo y el sacrificio con placer.

Ahí están mirándome, en silencio.

Pienso en este cerro que viene prohibiendo a todo el mundo llegar a la cima. Bajo un diciembre con cientos de intentos, apenas ha permitido unas diez cimas y enero más o menos lo mismo. La ventanita la abrirá en cinco días; pero no tengo ganas de esperar para que pueda subirlo pero resulta que yo no doy más.

No hace falta decir nada más: yo ya no puedo seguir y el resto no lo dice pero está igual. Bajar a Mulas y volver a intentarlo. No se si es eso lo que vine a buscar. El cerro me dió una chance y, sencillamente, no estuve a la altura de las circunstancias de cumbre.

Estos días nadie hará cumbre. Todo el mundo para abajo. Algunos aguantarán en Mulas. Otros regresarán a sus casas como nosotros, con sus kilos.
Comenzamos a bajar y dejamos que brote el silencio del caso. El Aconcagua nos ha dado una nueva lección: como una mujer difícil, no accedió a ninguna de nuestras estrategias de seducción; y cuando finalmente lo hizo, no tuvimos las fuerzas necesarias para poseerla.

Bajaremos de un tirón de los 6000 a los 4300 de Mulas.

A la noche veremos como los más fuertes que se quedaron en Nido o en Canadá comienzan a bajar. Se ven las hileras de luz descendiendo.

Dos días de viento terrible en Mulas y desandaremos los 36 kilómetros finales que unen Plaza de Mulas con la Laguna de Horcones.

El Aconcagua, otra vez, ha sido un instrumento para conocerme a mi mismo.

Aconcagua (Canadá - Nido de Cóndores) 2010 VII

Hemos pasado la noche en Plaza Canadá y nosotros, y todos los que ayer llegamos, empezamos a desarmar el campamento después del desayuno.
Miro par arriba, todo el tiempo intento adivinar el camino, la subida es larga y supongo que la jornada que nos espera no debe ser dura; aunque nadie tenga ganas de contarte qué siente o cómo se siente, yo creo que las jornadas de los campamentos de altura son duras y las mochilas, paradójicamente, parecen más pesada, a pesar de que algunos cosas han ido quedando por el camino; especialmente bencina y comida.



Por aquí y por allá, las expediciones trabajan en lo suyo. Los que están solos, también arman sus petates, mientras esperan que llegue un porteador que han contratado para que le lleve los kilos a Nido y luego a Berlín o a Cólera, el tercer campamento de altura que elijan. Acaba de llegar el “niño” americano que anda solo, el que no habla con nadie. Es como un perrito que se te acerca, aunque no se suma, se sienta siempre cerca. Hablamos entre nosotros porque suponemos nos seguirá, lo llevaremos así, razonablemente cerca hasta donde digamos basta.. y el no se inmutará. Es que para nosotros es una responsabilidad y si hubiera algún problema debiéramos asistirlo y dejar la cumbre. Me viene a la mente la historia entre Bonatti y Maestri para escalar el Torre. Pienso que el cerro no es mío.., y el tiene la libertad se subir cerca, pero será autosuficiente? Maestri aquella vez llevando con él a Toni Egger, le dijo a Bonatti, que la montaña era de ellos, así que Bonatti debió responder, que se buscaba otra cosa que hacer. Y vaya si lo hizo. Rodeó la montaña y exploró los hielos australes, ascendiendo por primera vez el Cerro Mariano Moreno (3.526 m) y completó la travesía de las cumbres del Cerro Adela, después de agotadoras jornadas de lucha con el estómago vacío. Así que el americanino nos seguirá de cerca..

El grupo se siente bien nadie manifiesta ningún síntoma en especial por la altura.

Salir de Canadá a Nido ahorra tres horas a la vieja usanza de subir desde Plaza de Mulas directamente a Nido de Cóndores; por suerte, porque imagino que esa jornada era terrible..




Primero hay que hacer una larga travesía ascendente hasta la llamada Piedra de 5000 (que delata su altura pero que no entiendo por qué entonces algunos dan a Canadá 5020 metros) y de ahí torcer a la derecha. Se llega a Cambio de Pendiente (donde algunos que vienen muy cansados prefieren acampar, pues no llegan a Nido), que es una pequeña meseta que da un poco de descanso para el inicio de la parte más brava: una nueva travesía hasta una especie de portezuelo donde se asienta –amplio, blanco, cómodo, Nido de Cóndores a 5400 metros de altura.



Hasta Cambio de pendiente “sufro” la subida; luego algo me pasa internamente, me “amigo” con el cerro y su altura y me siento como un rayo.., llego a Nido quince minutos antes que el resto. Me siento fantástico; sobre todo ante el esfuerzo, siento que me “sobra” energía.

Qué alegría me da ver la bandera argentina flameando entre las rocas.





Nido es ahora, con los nuevos helicópteros que trabajan en el Parque, un campamento estratégico para los rescates, pues todo aquel que llegue con vida a este lugar, puede ser subido a un nave y en veinte minutos estar en Horcones. Esto quedó probado en el rescate de los sobrevivientes italianos, pues hasta aquí fueron bajados y de aquí, sin escalas, partieron al hospital.

Nido es también un depósito de basura enorme. Al igual que Berlín, este campamento está sufriendo de manera atroz el impacto humano. Hay caca por todos lados (y sólo debiera haber entre las piedras arriba), envases de comida y muchas bolsas de porteos con alimentos, por lo que se hace difícil distinguir cuáles sirven a una expedición y cuáles fueron abandonadas allí para siempre.

¿La solución? Sin dudas una gran limpieza y controles más estrictos para con los deportistas.

En Nido, hay dos policías de la Patrulla de Rescate asentados en el lugar, rápidamente nos presentamos y hacemos amistad.

Armamos nuestro campamento con la satisfacción de haber dado un paso más.



Estamos en Nido: algún conocido se cruza con nosotros, las carpas parecen bolas de pool desinfladas entre las piedras y la nieve, arriba, al norte, vemos la Canaleta y adivinamos la cumbre, enfrente la provincia de San Juan, el cerro Mesa y el imponente Mercedario con su glaciar y, allá al fondo, al este, hacia abajo, se ve claramente la república de Chile e imaginamos cuántos miles estarán camino a sus playas.

Conversamos con un grupo de científicos de la Universidad Nacional de Cuyo del proyecto SIGMA; también con Fernando Garrido, que hoy oficia de guía y que estuvo 61 días en la cima del Aconcagua, a 6.959 metros de altitud. El tipo se conviertió en el ser humano que más tiempo estuvo en condiciones tan extremas. El dijo: que no lo intentará de nuevo: "Ha sido peor de lo que me imaginaba y, aunque ha merecido la pena, nunca repetiré la experiencia".

Esta aventura, le ha valido para establecer el récord del mundo de permanencia en la alta montaña. El anterior lo tenía el francés Nicolás Jaeger, que en 1979 estuvo 60 días en la cumbre del Huscarán, en Perú, a 6.700 metros de altitud. Garrido dice que Jaeger, que murió en 1980 en el Himalaya, le engañó: "Leí su libro y me pareció cosa fácil lo de estar dos meses en la montaña. Ahora puedo asegurar que ha sido una experiencia terrible". Garrido se llevó al Aconcagua la Biblia y libros de yoga y ajedrez. "No pude leer ninguno porque era incapaz de hacer el más mínimo esfuerzo mental. Siempre estaba perezoso, hasta el extremo de que me, planteaba cada día el tener que hacerme la comida". Esta fue una de las consecuencias de vivir a una altitud donde el oxígeno falta, se produce un malestar continuo y, hasta que el cuerpo se aclimata, el organismo rechaza cualquier tipo de alimento. Y pensar que estoy a 1500 metros de donde estuvo..

De noche, la luna es redonda y blanca y el frío, tremendo, afuera de la bolsa de dormir. El ánimo sigue afable, hay predisposición para las tareas, hay ganas de trepar.

Nuestros guías (mendocino y peruano) conversan sobre la estrategia de ahora en más. El amigo brasilero rebalsa de energía y ganas. Mi compañero y yo somos los que menos expresamos, estamos más contenidos; a diferencia de los otros (exceptuando a los guías) tenemos alguna experiencia en el cerro y sabemos que aún no nos ha mostrado su cara.

Llega un hombre solo con una mochila inmensa, es canadiense y pregunta si vimos a un joven de 18 años que sería su hijo. No lo hemos visto. Nos cuenta de la prepotencia de su juventud. La vida para él parece ser un desafío y la inclemencia, una prueba de fe. Este es su modo de conectarse con el mundo y sus pies sobre la cumbre, una forma de placer personal.

Igual se lo nota preocupado. Creemos que no paró en Nido siguió solo a Berlín. El padre se muestra tranquilo aunque puedo adivinar cierta desesperación.

Esta tarde hemos tomado unos mates y charlado con la patrulla. De a poco vamos armando un plan de ascenso: mañana descansaremos, aprovecharemos a dormir a 5400 metros y al día siguiente la idea es subir a Berlín, a 5800 metros (o a Cólera a 6000 metros). Armaremos las carpas y nos armaremos de paciencia. A eso de las cuatro de la mañana, nos pondremos a andar hacia la cumbre. Luego de meses de prepararnos, estamos a las puertas de lo que tanto buscamos.

Mis conversaciones con el resto del grupo no son buenas.., no me siento cómo con algunos compañeros. Alguna vez leí eso de “no saber cuál es la clave del éxito, pero la clave del fracaso es intentar agradarle a todo el mundo..” y estoy absolutamente seguro que es así. Las dilaciones me quitan energía. No tengo que pensar más en lo que no me gusta; tengo que concentrarme en disfrutar lo que he obtenido.. el punto es que la satisfacción que en la vida se expresa generalmente con pequeñas cosas sucesivas, acá no tengo tiempo ni capacidad de poder ir viéndolas. Tengo que entender que la felicidad es darse cuenta que nada es demasiado importante ni demasiado grave; en definitiva que necesito para ser feliz? Un poco de cielo azul encima de mi cabeza, un vientecillo tibio, la paz del espíritu.. y esto lo tengo hoy.

A mi el cerro no me está enseñando a ser mejor, y eso que quiero mejorar. Veo como se me escurre entre las manos, el valor de la curiosidad, de la aventura, ese valor que reside en la naturaleza. Le agrego que a mis pensamientos la duda de si la amistad es lo más importante en la montaña o no. Y mientras pienso que si siento que no tengo amigos acá.

Sin embargo, es mejor no pensar en eso. Ya tendré momentos de evaluar.
Nido es hermoso y calmo. Sus atardeceres son inolvidables y a veces asoma la luna para revolcarse en la nieve. Hay pocas carpas, no más de diez.

Me despierto varias veces; me resulta incómodo mear dentro de la botella y de la carpa; pero salir sería una locura, no sólo por lo que tardaría en vestirme sino por el frío. Llega la luz del día, luego de dormir incómodo unas pocas horas, lo primero que se me ocurre es la certeza de que soy víctima de algo y hay debo saber de qué. La cabeza me duele y me duele la espalda, si bien la bolsa de dormir es una bendición maravillosa que te provee el milagro de conservar mi temperatura corporal aunque afuera hagan veinte o treinta grados bajo cero y todo a mí alrededor, dentro de la carpa, esté congelado.


No soy optimista con mi ánimo. Además lo refuerzo con los partes meteorológicos. Se aproximan cinco días de mal tiempo, básicamente viento, viento blanco y nieve. Dicen los partes que el viento tendrá ráfagas de hasta 110 km. por hora. Y esto es lo peor que podamos esperar. Que se presente factor determinante, que no queremos: el viento.
El viento es dios en el Aconcagua. Si él está, tenés problemas; primero porque es viento frío, muy frío y segundo, porque trae nubes y las nubes traen nieve y si encima hay viento todo se complica, porque la temperatura baja drásticamente.

Yo vengo guardando un secreto: estoy exhausto. Tengo frío; trato de concentrarme en mis piernas. No se trata de un dolor que se recupera con descanso e hidratación: estoy llegando a un nivel de agotamiento físico que no esperaba, que me sorprende. ¿Por qué me pasa esto? Me pasa porque es el cerro el que pone las condiciones. Me cago en la mismísima mierda".

Hablo con mi compañero de carpa. Estamos cansados. A el lo veo mejor. Es horrible ver mejor al otro. Es horrible sentir que no podré.

Se discute fuertemente. Hay dos grupos. Uno que quiere aguantar en Nido el temporal, aunque sean cinco días y el otro intentar rápidamente la cumbre.

Yo siento que dos o tres días más de aclimatación me vendrían muy bien, así que me pongo en el segundo grupo. Los guías discuten, comienzan a aparecer grietas entre ellos. El guía peruano siente que puede subir con su cliente brasilero y el guía mendocino muestra sus garras. Todo lo que veníamos escondiendo debajo de la alfombra súbitamente se muestra. Hay una decisión: un grupo saldrá a las doce de la noche hacia la cumbre desde Nido; el otro esperará.

A las ocho de la noche estamos todos adentro de las carpas. El frío se muestra con su mejor cara. El viento llega. El plácido campamento de una geografía especial , con formaciones rocosas de formas raras y erosionadas , las cuales sirven para protegerse del viento, deja de ser plácido.

Ahora y con el viento soplando fuerte, tomo conciencia plena de donde estoy y el por qué todas las montañas que nos rodean con sus imponentes glaciares y quebradas van quedando a mis pies. El paisaje imponente con vistas al Cerro Mano, Glaciar Güssfeldt, hacia el Norte El Mercedario con sus 6800 mts, la cordillera Ansilta con sus hermosas cumbres ya no es más amigable.

Llevo un par de días sin dormir, las fuerzas en el resto de las carpas también comienzan a menguar. Para varios aquí, el ascenso al Aconcagua termina en este campamento.

Con la incomodidad y el frío, el humor empobrece. Invierto demasiado tiempo en vestirme e hidratarme, no tengo hambre, tengo náuseas.

jueves, 21 de octubre de 2010

Aconcagua (Canadá) 2010 VI

De las muchas veces que he subido cerros, sólo una vez me tocó soportar un temporal con viento y nieve subiendo o bajando, esa vez rápido llegué a la carpa, y aunque el asunto es relativamente llevadero (adentro) estuvimos toda la noche sosteniendo la carpa para que no se volara, pero afuera, la cuestión siempre se complica.

Son las ocho de la noche y lo que se venía anunciando se concreta: primero el viento, después la nieve y las nubes que comienzan a bajar al punto de que, los pedazos de nubes se enredan en nuestras carpas.



El cielo se ha cerrado en torno al Aconcagua y las expediciones han retornado a sus carpas a esperar tiempos mejores. Algunos bajan a Plaza de Mulas, otros se encierran en Canadá. Es en estas circunstancias cuando uno se da cuenta de lo que significa el Aconcagua en cuanto a peligros por temporal: un lugar aparentemente inofensivo y hasta disfrutable, en cuestión de minutos, puede transformarse en un infierno por acción, principalmente, del viento, que es el enviado especial del miedo.

En un par de horas, el viento deja de soplar y Canadá se tranquiliza; ahora parece que estamos protegido, las carpas se mueven poco y no tengo la sensación que tuve en el Cerro Negro que rodaba por la pendiente dentro de la carpa.

Estamos cansados y el crepúsculo llegará pronto. La carpa ya no se sacudirá como una mariposa atrapada en una campana de vidrio. Afuera hace frío, nadie quiere salir a buscar el desayuno que el guía prepara; no sé por qué pero a la hora de levantarse siempre tengo ganas de dormir, cosa que no consigo en buena parte de la noche. Hoy hay que salir rumbo a Nido de Cóndores.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Aconcagua (Canadá) 2010 V

El sentido de las cosas en la montaña

Caminar hacia arriba durante horas y horas, bajo el frío; acostumbrar el organismo a la falta de oxígeno; superar el cansancio extremo por el esfuerzo de cada trepada; comer porquerías enlatadas y tomar agua de nieve derretida; cagar atrás de las piedras y juntar la mierda en una bolsa de plástico que dice MF (materia fecal); aguantarse en la carpa los pedos y eructos de un boludo a tu lado durante diez horas y diez días; sonarse la nariz y ver que los mocos a veces salen con sangre; soportar vientos cuyas agujas de frío te sacan un pedazo de alma con cada cachetada; atravesar peligrosos planchones de nieve que podrían matarnos tras un simple resbalón; extrañar a mi novia a la familia y a los amigos que han quedado allá abajo preocupados por nuestra suerte y nuestras (estúpidas) decisiones.

¿Qué sentido tiene todo esto?
¿Por qué no bajar ya mismo y comerme un asado?; por qué irme de acá, hasta el dulce abrazo de mi mujer y dormirme como chanchos hasta el otro día?; por qué no rascarme el higo durante cuatro horas? por qué no irme a un café a leer el diario?

Por qué?, tal vez porque como decía Gaston Rébuffat “.. las montañas sólo viven por el amor de los hombres. Son bellas por muchas razones, pero también gracias al fervor de un muchacho. La técnica debe estar al servicio del entusiasmo, de lo contrario reduce el mundo de la alta montaña a las proporciones de un gimnasio. ¡Qué larga resulta la marcha que conduce a las cumbres!

Allá donde las casas, y después los árboles y, a continuación, la hierba desaparecen, nace un reino estéril, salvaje y mineral; sin embargo, en su pobreza extrema, en su desnudez total, ofrece una riqueza que no tiene precio: la felicidad que se descubre en los ojos de los que lo frecuentan.
El alpinista ha de tener músculos fuertes, dedos de acero, una técnica perfecta, aunque todo eso no sean más que herramientas. Sobre todo ama la vida, y sabe que el aire a 4.000 metros tiene un sabor particular, pero que hay que ganárselo. Mientras que muchos individuos se contentan cada día más fácilmente, el hombre en cambio tiene que mostrarse exigente consigo mismo: no puede gustarle una forma de paz que sólo sea la ausencia de vida..”

No basta con existir, hay que vivir; no vivir peligrosamente, pero me digo-tenés que disfrutar esto!!-. Las montañas altas proponen acción y contemplación; y ayudan a los hombres a despertar sus sueños dormidos.

Pero la belleza de las cimas, libertad en los grandes espacios, la relación familiar con la naturaleza y los rudos placeres del montañismo resultarían mustios y hasta amargos sin la amistad: amistad que entiendo debe ser fraternal, hecha de amabilidad, de entrega, de alegrías y luchas compartidas., pero hoy siento que no me pasa esto.

Como otros a los que he leído, ahora "sé", que siempre estaré en camino.


Aconcagua (Plaza de Mulas - Canadá) 2010 IV

Plaza de Mulas, días de engorde.. desayunos, almuerzos, meriendas y cenas, todo matizado con grandes discusiones de política. No aprendo más..
Porteo a Canadá (5020) benzina, grampones, y comida. Salimos alrededor de las 10 de la mañana y llegamos a las 13. Fue bastante duro por la carga. Dejamos todo, armamos un espacio con piedras para cuando mañana regresemos podamos armar las carpas, subimos un poco más los grampones (para evitar que nos los roben), comimos algo y regresamos a Plaza de Mulas.




Tengo frío. ¿Por qué, entonces, esta fuerza interior insobornable que me hace seguir mirando hacia arriba, cargando este peso y soportando este frío? El Aconcagua es la medida de nosotros mismos dice el libro de Jait; de a ratos pienso que mi medida está en Canadá.

Enero no está siendo gentil con nosotros.

Llevo varios días cagándome de frío por varias razones que se pueden sintetizar en una: hace mucho frío. Es incómodo dormir en una carpa durante mucho tiempo; más incómodo en una carpa para dos personas en la que duermen dos personas. A veces duele la cabeza, la garganta y algunos huesos; dolores de viejo y dolores de altura. Hincho las bolas todo el tiempo que si tendré rales crepitales.., me auscultan y me dicen que no. Esta mierda se ha convertido en una obsesión y todo el tiempo mi cabeza me hace pensar. Estos rales, son ruidos finos, secos, crepitantes, no musicales. Se escuchan durante la inspiración, en los campos pulmonares periféricos, e indican enfermedad de la pequeña vía aérea. Se pueden escuchar más claramente después de toser; cosa que nadie hace para no tener que quedarse en observación. Nunca en mi vida vi tanta gente escapar de los controles médicos. Nadie se deja escuchar los pulmones. Creen que así alejan la posibilidad del edema pulmonar.

El dolor es un objetivo a superar en la aventura. Una vez atravesado, la montaña deja también sus generosos espacios para el disfrute, que los hay.
Lo cierto es que me siento absolutamente desmotivado y resulta que mañana por la mañana tengo que volver a subir de Mulas a Canadá, con la mochila pesada (ahora viene la carpa). Subir y ya no bajar.

Pasaremos la noche en Canadá a 5050 metros y, tras un día para reponernos, después saltaremos a Nido de Cóndores a 5400 metros. Ahí estaremos dos días y esperaremos condiciones para ir a Berlín o a Cólera a 6000 metros, para luego al día siguiente a la cumbre, si es que este cerro nos ofrece tal cosa y si es que nuestras piernas y corazones tienen resto para asumirlo.


Aconcagua (Confluencia - Plaza de Mulas) 2010 III

Estamos en Confluencia, 3250 metros de altura, armamos carpas, y a tomarnos la presión y el oxigeno en sangre. Todo bien, como “siempre” 12/8 de presión y 90 de saturación. Desde acá la vista del cerro Almacenes es cautivante: parece dibujado, pintado, con sus múltiples vetas de diferentes colores. A la tardecita, después del chequeo médico de rigor, a preparar la cena.




Pienso en la última vez en Confluencia, 2006, han pasado 4 años. Esta vez no habrá Plaza Francia/mirador de la Pared Sur, sino que seguiremos a Plaza de Mulas a través de Playa Ancha. Los recuerdo me vuelven.., la última vez “perseguí” con cierto miedo a perderme a un grupo de sudafricanos. Este año tengo equipo propio.

Atravesar la Playa Ancha vuelve a ser duro para mi; no me acostumbro a caminar entre el polvo y las piedras y con el objetivo tan lejos. Hace calor y todo es grande, el espacio se torna infinito. Expediciones que van y vienen, algunos vuelven contentos con la cumbre, otros no, y arrieros que suben y bajan con sus mulas cargadas.




En Ibáñez hacemos una parada de una hora; nos quedan cuatro más para Mulas y con el peso que llevo no dejo de pensar en la Cuesta brava.. llegando destruido refugio Colombia aparece la pirámide, estribación del cerro Aconcagua; para mi tiene una forma similar al Everest! Ahí en 1985 una Expedición del Club Andinista Mendoza, encabezada por Gabriel Cabrera, intentando terminar la ruta inconclusa del filo sur, encontró sobre el filo de la Pirámide a 5200 metros una momia incaica de 500 años de antigüedad. Intento algunas fotos, pero el camino solicita mucho de mi atención. Una dura subida de 45 minutos y Plaza de Mulas a la vista. Todavía nos queda armar carpas, descansar un poco y pasar por el control del parque y del médico.

Plaza de Mulas se muestra como siempre: un multicultural y multicolor “campo de refugiados” de primer mundo.




Presión 14/9, saturación 78.. mi cuerpo ya siente los 4300 metros de altura, pero por delante tengo dos días de descanso/aclimatación así que espero compensarlo con comida e hidratación.

Aconcagua (Mendoza - Horcones - Confluencia) 2010 II

Hace calor. Camino por Mendoza, busco los últimos petates.

Ayer me doblé el tobillo bajando del Cerro Arco, un promontorio de 1400 metros con 700 metros de desnivel. Camino con dificultad.
Dos días después estoy atando los bolsos muleros arriba de la camioneta en Penitentes, dejando los otros a los arrieros y saliendo para Horcones.



Levantamos a un chico de no más de 22 años, norteamericano, no habla mucho, no sabe español. Es de Nueva York y está solo.

Nos registramos, mi compañero de carpa y yo con permisos “especiales”; es que con algunos contactos, obtuve el ingreso al parque provincial.

Algunas fotos de rigor en la laguna de Horcones, un almuerzo liviano y salimos para Confluencia.



El ánimo general era es muy bueno y el clima también. Un sol radiante, el aire muy liviano, y ganas de caminar.., caminar mucho. El tramo Horcones-Confluencia es muy hermoso: pequeñas colinas verdes, la laguna de Horcones, flores silvestres de muchos colores, el río, y hacia el fondo del valle, nevado e increíble, la pared sur del Aconcagua.

Esa pared que se me volvió mítica cuando supe que Messner la ascendió en el 74. Escalando las pendientes de hielo y nieve de 50° a 55 con 5 o 6 largos de terreno mixto, (dificultad IV) y algún pasaje de (dificultad V), con posibilidades de aseguración en salientes naturales, de roca de mala calidad. Y una salida, según las condiciones generales de nieve, que puede ser sobre barro congelado muy peligroso. Luego ganando el comienzo de la pendiente de hielo y nieve Terminal, para dar a un gran canal terminal, muy abierto, con una pendiente promedio de 50°. Todo esto dominada hacia la izquierda, por un gran serac colgante amenazador y peligroso en caso de desprendimientos, que te “saca” a una pequeña barrera rocosa (6.700 m), rodeándola por la izquierda para seguir hasta alcanzar la cresta "del guanaco" o cresta somital. Desde el "Glaciar superior" hasta la cresta unas 8-12 horas, es posible vivaquear en las grietas laterales del serac colgante (6.650 m) y desde ahí hasta la cima dos 2 horas.





Mas allá de dificultades y peligros, la vía Messner/74 es la ruta mas elegante de la pared sur del Aconcagua, después de la vía Eslovena/ 82, directa a la cima sur y para mi siempre estará grabada en mi mente. Por un largo rato esa pared aparece y desaparece conforme uno va ascendiendo y llegando a Confluencia.

martes, 19 de octubre de 2010

Aconcagua (Departamento de San Telmo - Buenos Aires) 2009 I

Entrenamiento con la mochila cargada, esto es agonística!, 14 kilos, durante 12 kilómetros, con subidas y bajadas.., me duelen las piernas, las plantas de los pies, pero el humor está bien. Ya no queda nada.., ya estoy casi en el Destacamento de Guardaparques Horcones.


Hoy los medios de Argentina se hacen eco de la primera muerte que se cobró el Aconcagua, un tailandés-norteamericano de 39 años que perdió el camino de descenso y apareció muerto en el Glaciar de los Polacos. Leo con atención la noticia, y mi padre preocupado me llama; no sé qué decirle.., esgrimo cualquier respuesta. Pienso para mí, lo difícil que es mantener la serenidad en estos momentos, lo difícil que es borrar de la mente esta noticia.




Algunos días más tarde, escucho que rescataron a dos andinistas brasileros en el parque Aconcagua, que la Patrulla de Rescate debió subir de manera urgente en busca de dos personas que habían intentado hacer cumbre en el coloso. Estaban a 6.000 metros de altura, deshidratados. Comenzaron a bajarlos en la mañana y llegaron a la tarde a Plaza de Mulas, donde fueron atendidos y compensados.

Parece que los brasileños hicieron un intento de cumbre en la tarde y luego comenzaron el descenso, hasta que llegaron a Piedras Blancas, a 6.000 metros de altura sobre el nivel del mar. Estaban mal, algo desorientados porque ambos tenían cefalea aguda y uno de ellos muy deshidratado. Una pareja de estadounidenses que tenía un teléfono satelital y que se habían cruzado, llamó a Buenos Aires a una empresa de emergencias médicas para pedir ayuda, y la médica se comunicó con la comisaría de Uspallata desde donde le informan la novedad a la Patrulla de Rescate que estaba en Plaza de Mulas.

Una vez leí una reflexión de Iñaki Ochoa de Olza, decir que “algunos -generalmente con sobrepeso- señalan a los montañeros cuando salen por la tele tras alguna tragedia, dicen "están locos". Lo dicen y lo creen. Son incapaces de analizar su propia existencia, de comprender que la decisión valiente es vivir en libertad, de forma austera y alejados de las tiranías impuestas por nuestra forma de vida. Sin duda no esperamos que lo comprendan. Pero si me cruzo con alguno de esos mamones que opinan así en voz alta, me va a oír. Y tenía razón..y los montañistas somos gente poco dada a amilanarse, a veces creo que se nos podría calificar de tozudos.

Es probable que muchos crean que regresan a casa con las manos vacías. Pero me animo a pensar que no es así en absoluto. Para algunos montañistas no hay nada que demostrar, el haberlo intentado es la parte esencial de la forma de entender la montaña. Para mí el montañismo es, como dijo Thomson?, el arte de hacer más con menos, es decir defender que el éxito es el camino y no la cima, la pureza en el juego, la dificultad y el riesgo, innovar y querer estar sólo, algo que, en los nuevos tiempos, son valores más bien escasos.

Volver en silencio y disgustado -por decirlo suavemente- aunque no triste porque perder forma parte del juego, arriesgado y complejo, que hemos decidido jugar. Y además porque la diferencia entre un fracasado y un derrotado es que el primero ni siquiera lo intenta. Así que estoy seguro de que volverán a escalar lo más difícil, sin preocuparles hacerlo en la sombra.. pienso por ahí las palabras de Walter Bonatti “un vincitore è solo un uomo che non ha mai smesso di sognare”.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Rincon II (octubre 2008)

Ahora pienso: escalar montañas no es sólo llegar a las cumbres, tal vez lo mejor sea la experiencia y el aprendizaje que te deja intentar escalarlas, esa es hoy mi verdadera cumbre, tal vez este sea el punto más alto al que un ser humano pueda llegar; encontrar su interior abierto a su exploración, convivir solo con la naturaleza ¿Qué tan fuerte es la naturaleza? ¿Qué tan fuerte soy? ¿Estoy preparado para esto? ¿Incluso para la muerte? Son tantas preguntas que en esos momentos pasan por mi mente, que sólo llevan a una respuesta: esto es vivir mi vida.



Escalar montañas es algo que en un tiempo de mi vida jamás llegué a imaginar, y mucho menos que mi vida terminara girando en torno a ellas, ¿pero quién se sabe qué le va a suceder en el futuro? El trabajo de montaña es interesante: trabajar en equipo, qué tan fuerte uno es para tomar decisiones correctas en momentos justos, el darle la mano a un compañero cuando la necesita (sólo los montañistas saben de lo que estoy hablando). Es trabajo en equipo; de lo que escuché hablar a lo largo de mi vida, en la universidad, en la vida laboral, en la familia, etcétera; pero sólo lo viví y lo aprecié en las montañas, y con las personas que están entorno de ellas.




Leí una vez que Sartre, dijo que el hombre no es más que lo que propone, sólo existe en tanto y en cuento se realiza así mismo, por lo que resulta no ser más que la suma de sus actos, no es más que lo que su vida es.. siempre he dicho que me vivir en otros países me ha permitido inventarme todo el tiempo, ser yo siempre, empezar siempre de cero, sin tener una historia detrás sobre la que recostarse; algo así como hacerse así mismo, dibujar mi propio retrato, y lo único que me queda siempre es ese retrato. Tal vez olvido sencillamente y estoy obligado a comenzar todo el tiempo de nuevo, porque de lo contrario podría estar todo el día fantaseando sobre el pasado, y por qué enfrentarse al presente cuando el pasado ha sido bueno...por fortuna la memoria es compasiva, olvida los malos tiempos, y suaviza los buenos, obliga todo el tiempo a ver qué hay más adelante.



Bajamos, paso frente al San Bernardo, vuelvo a sentir miedo y cierto cosquilleo, algo de incertidumbre, algo ásperamente incómodo, miserable y hasta agotador al ver sus nieves, pero lleno de excitación; mi memoria descarta la ansiedad y la tensión de unos atrás y me llena de recuerdos felices de espléndidas escaladas que vendrán. Vamos, vamos, me dijo el guía, interrumpiendo mis pensamientos; mejor bajemos antes que el sol nos ponga peligrosas estas laderas del sur que sin grampones se harán muy resbalosas.
Cuando regresábamos, seguía pensando –claro sin perder la concentración de dónde ponía mis pies, y mis manos- en por qué a veces desea con tanta fuerza algunas cosas, por qué tanto apasionamiento, por qué nada podía detener esta fuerza...me seguía preguntando si el apasionamiento mata, si es peligroso desear algo demasiado, en especial desear algo sin saber muy bien por qué lo anhelas. Es una trampa en la que uno puede caer? no tenía muchas respuestas... mejor seguir bajando. Aunque todo el tiempo me viene a la mente lo que los griegos decían...” ..lo dioses castigan a los hombres cuando le cumplen los sueños..”.
El miedo no me avergüenza, siento que se trata de una de las actitudes más difíciles y sinceras que uno puede tomar.



Regresé a Buenos Aires, algunas semanas después me decía como amigo de cordada que se iba al Aconcagua. En este momento pensé que el mundo se me venía abajo, mi mundo de montaña.., mi amigo iba a llegar antes que yo a la cima, iba a estar a 7000 metros sobre el nivel de mar antes que yo; me entró cierta desazón; el subiría a la cima de América y yo no. Había cambiado el viaje al Aconcagua por una viaje a Europa con mi padre; un viaje que tal vez nunca podría repetir. Intentaba decirme que las montañas siempre están ahí, y contradictoriamente, no podía aceptarlo. Esto de que las montañas siempre están ahí, a mi no sirve, porque yo no soy siempre el mismo, no siempre tengo el dinero que se necesita, los tiempos o la condición física para subirlas.., pero.. siempre es mejor decirme frases como estás, e intentarlo el año próximo.

Rincón (octubre 2008)

Pasaron más de dos meses; terminó el invierno y me animé a volver a las montañas. Trabajé mucho la sensación de la muerte presente, le conté a todos mis amigos y amigas, lo conté en el bar, al analista.. pero no logré sacarme de la cabeza la sensación de miedo. Sabía mientras tanto, que tenía que volver, al menos para empezar a quitar la marca que el San Bernardo y su cara sudeste me habían dejado.
Luego de once horas en ómnibus, de cuatro capitales de provincia; de mucho polvo, de cientos de pasajeros que subían y bajan, y luego de recorrer 750 km. finalmente llego a Mendoza desde Catamarca. Allá, había quedado la idea de hacer algún seis mil de los que la provincia tiene de sobra; pero, era mejor volver a Vallecitos, pasar por delante del San Bernardo, mirarlo, sentirlo, y decirle que no me había vencido; sólo habíamos hecho un trato.
Esta vez con nuevos amigos, gente con algunos años en montañas de la región, algunos del CAM y otros que en el verano, trabajan para las empresas en Aconcagua; un tipo con ganas, con tantas ganas que durante la década del 90 las ganas lo habían llevado al Broad Peak de 8047 mts., la duodécima montaña más alta de la Tierra y la cuarta más alta de Pakistán, en el famosísimo Karakórum, en la frontera entre China y Pakistán. La misma de Hermann Bühl y Kurt Diemberger quienes lo subieron por primera vez.
Para mí esto era suficiente currículum como para volver a sentir los 5500 mts. del Rincón.
Arreglo mis cosas, y me buscan en una Defender roja, llena de gente; no conozco a nadie; pero poco importa, rápidamente siento que tengo que congeniar con ellos para poder disfrutar la montaña.
Recorremos los 80 km. que separan vallecitos de Mendoza.. Ellos se conocen, entrenan, aclimatan para dos desafíos muy próximos; el Plata de 6100 mts. y el Aconcagua que con sus 6962 mts. los espera para este verano meridional. Algunos de ellos, han llegado a Berlín.. otros tienen en su haber hasta dos cimas del macizo de los Andes. Lo mío, es perder el miedo, volver a sentir pasión.




Mañana otra parte del grupo nos alcanzará en Las veguitas.
Jueves, cuatro de la tarde, salimos y caminamos hasta las veguitas superior. Nos lleva 2 horas y media llegar al campamento con todo el equipo. Uno de ellos, que está “mal de la cabeza”, y carga hasta 40 kilos en su trajinada espalada; cada uno de nosotros no supera los 18 kilos.



Armamos campamento, y pasamos la noche en un lugar que cada vez me resulta más lindo. Cada vez lo siento más mío.;-5º, todo congelado; pero apenas estamos en 3400 metros. Cenamos unos fideos y nos vamos a dormir. Mañana tendremos que despertarnos temprano y cargar con todo el equipo hasta la canchita a 4100 metros y estos 1000 de desnivel prometen ser exigentes.




Viernes; para no retrasarnos salimos hacia la quebrada que se encuentra arriba del acarreo que es muy duro y parado..., llegamos luego de 5 horas de una dura marcha, cuando estamos llegando casi a las 3 de la tarde se desata una tormenta muy fuerte, mucho viento, nieve y frío; así que rápidamente armamos las carpas y nos metemos a esperar que el clima se suavice; podemos ver ahí nomás a unos 400 metros la canchita y el nacimiento del nevero del Rincón; un poco más arriba el glaciar inferior con la canaleta. Se ve desafiante; mañana veremos.



La nevada es intensa y dura casi toda la noche. A las 6 de la tarde llega el resto, llegan arrastrándose.
Hoy ya no pudimos cumplir con el plan de llegar a la canchita, armar carpas y continuar al Stepanek de 4220 metros y el A. Calle de 4250 metros, por lo que veo deberán esperar hasta mañana.
Intentan hacerme cenar polenta pero nadie lo logra; me conformo con atún y un poco de pan; no salimos de la carpa, estamos dentro casi 15 horas y la conversación con mi compañero, toca varios temas. Sueño profundamente. Una suave voz femenina me habló, era muy linda, tenía unos increíbles ojos castaños y enseñaba sus dientes blanquísimos con una sonrisa. Me acercó una taza de café y me acarició la mejilla. Le respondí con la mejor y más encantadora de mis sonrisas. Era una sueña lindísimo. Pude oler su perfume, un olor picante y excitante. A la mañana siguiente desperté y me dí cuenta que había sido un sueño, nunca había soñado tan profundamente en la montaña, siempre me cuesta dormir. Los desengaños duelen. Nunca más volví a verla, nunca le dí las gracias, nunca ni siquiera supe porque se había acercado a mí. Me viene a la memoria el relato de Kurt Diemberger bajando del Chogolisa sin Hermann Buhl, pienso si todo es realidad, o un sueño.
6 de la mañana, apenas clarea, podemos ver que está muy cubierto y nevando algo más arriba, los guías deciden que intentar en estas condiciones es casi imposible hacer cumbre, así que seguimos en la carpa.
Son las 9 hs y casi ya salimos y comienza a despejarse. Ya tarde para el Rincón pero no para A. Calle y Stepanek.




Nuestro campamento esta a 3950 metros, nos lleva algo de 2 horas llegar a la cumbre del A. Calle, pasamos una hora en la cumbre con muchas fotos, mucha vista, mucha satisfacción por esperar e intentar aunque no sea el objetivo principal, si donde estábamos y con el esfuerzo que demandaba las condiciones expuestas. Continuamos al Stepanek pasando por la zona de la canchita y montándonos al filo. Mas vista de todo, estamos menos de una hora y comenzamos a bajar a nuestro campamento.

miércoles, 21 de julio de 2010

Comentarios del blog

Es difícil en esta época encontrar alguién que te publique algún artículo; tal vez porque escribo mal; y como no tengo paciencia, decidí empezar a publicar en un blog.

Este no es un blog que cada día tiene nuevas entradas. No cuento todas las cosas pequeñas, si he dormido bien o mal, si me duele algo o no.

Cuento sobre lo que las montañas y las inmensidades de los valles me producen; soy como un "libro abierto". No tengo muchos secretos - y no me da vergüenza compartir mis sentimientos. Son todos humanos.


Mis relatos son reales, sinceros, honestos, y a veces "se me va la mano" con la emoción. Supongo que es mi manera de contactar con la gente.

jueves, 8 de julio de 2010

San Bernardo III (agosto 2008)

Como la inclinación se hace cada vez más fuerte, me pongo de cara a la pendiente, como si subiera por una escalera, hago los escalones con la puntura de la bota; pero cada vez la nieve está más dura y ya pasamos 60º de pendiente, la técnica frontal es muy cansadora, pero aún así seguimos. Los gemelos y las pantorrillas trabajan mucho, sobre todo porque llevamos una mochila pesada. El peso recae siempre sobre los pies, pero esta vez únicamente sobre las puntas delanteras de los crampones. El piolet me ayuda a autoasegurarme. Esto implica hundir el mango del piolet en la nieve mientras los pies están seguros y no los muevo hasta que los pies vuelven a estar en una posición estable.



Hay algo de irreal en la percepción que tengo de mi compañero y de cuanto me rodea... Sonrío interiormente ante la miseria de nuestros esfuerzos. Me contemplo desde fuera haciendo estos mismos movimientos. Pero el esfuerzo queda abolido, como si no hubiera pesadez alguna. Podría pensar que este paisaje diáfano, este ofrecimiento de pureza, no es mi montaña. Al mismo tiempo, me aprieta la alegría; soy incapaz de definirla. ¡Es todo tan nuevo y tan extraño!

En un segundo, resbala, no se aferra al piolet, intento frenarlo, me lleva con el; la velocidad es muy alta y sólo pienso en detenerme.

Mientras caigo extrañamente no siento ningún miedo, ni el menor rastro de desesperación, ningún sufrimiento, más bien una suerte seriedad reposada, una profunda resignación, una controlada seguridad, tal vez cierta agudeza espiritual; sin embargo mi actividad intelectual, multiplica por cien la intensidad y la velocidad del proceso.

Le grito que lo clave..., no frena, aumenta la velocidad. Yo veo como sigue en caída libre hacia las piedras; sin embargo mi piolet se clava; me doy violentamente la vuelta y quedo con el autoseguro aferrado a nada; mientras veo como el sigue hacia las piedras, golpea y queda inmóvil. Más abajo veo al resto como miran incrédulos que es lo que está pasando. Yo he rodado 40 metros y el más de 80, hasta golpear en las piedras y quedar inmóvil. Pienso que está agonizando, es un golpe fuertísimo.

A los gritos me preguntan si estoy bien, que no siguen subiendo y que espere ahí. Claro, no puedo ir a ningún lado; mis piernas cuelgan, y me duele el hombro del tirón. No puedo darme vuelta; estoy de cara al valle, y el piolet apenas me sostiene.

Me pongo a pensar cómo y por qué me detuve. Mi corazón late aceleradamente. Me duele la cabeza – y el resto del cuerpo también –. Siento nauseas. Pienso que hoy no era el día; me acuerdo y me digo por no estaré corriendo en el parque. Pienso en mi madre muerta, quiero que sea ella que me saque con un helicóptero, pienso aceleradamente en los metros de cuerda que tiene el “guía” –que no está ni a la vista- para que me bajen asegurado.

Contemplo la eventualidad de una escapatoria con absoluta objetividad, no caigo en la confusión. El tiempo parece dilatarse. Mi cerebro se mueve con una velocidad fulgurante, a continuación se produce una visión súbita del pasado en su totalidad. Pienso en muchas cosas..., hace unos días la vida en Buenos Aires fluía; hoy es el día del niño y la feria del juguete fue ayer, pude haber aceptado una invitación e ir con mi sobrino Marcos.. No dejo de pensar en esto, las montañas tienen un efecto muy particular sobre mí; pienso en mis proyectos en el llano, en aquellos atardeceres, de una belleza inusual en Puerto Madero, fueron momentos que, como en las montañas me siento a gusto. Los dioses, como siempre, cuando quieren confundir a los mortales los abruman de belleza.

El momento de la caída está siempre en presente, no hay futuro aunque esté en movimiento; el futuro no es más que una cruda realidad; sólo me afecta el presente, me afecta todo lo que me está pasando en este momento; me siento privado de poder imaginar el futuro.

De repente, no quiero hacer ningún esfuerzo más; me digo que por qué hoy no tuve una buena comunicación con mi cuerpo, me estaba avisando de algo malo. Estaba funcionando al 110 % de mis posibilidades. Mi margen de seguridad estaba sobrepasado.

En la cresta existe un pequeño abrigo natural que se asoma sobre la vertiente de lo que llaman la capillita. Allí podríamos habernos refugiado. Hace mucho frío, pero ya no voy a llegar ahí. quiero que me bajen y yo no quiero hacer esfuerzo. 25’ después llega uno de mis compañeros de cordada; me pone un piolet debajo de mi pie; y unos minutos después de recobrar la fuerza, me doy vuelta. Descanso.

Me ven la cara; parece que ha sufrido una transfiguración. Mi rostro –me dijeron- tiene muestras de una mezcla confusa de sentimientos. La mirada refleja una felicidad intensa, como si acabase de quitar un velo de sombras de los ojos y volviera a percibir el mundo con toda intensidad. Yo siento algunas lágrimas que me resbalan por mi cara como si el costo de aquella liberación hubiera sido muy alto.

Por momentos pensé en dejarme caer; sólo me preocupaba el golpe que me daría y el dolor que tendría; trato de ver por dónde descenderá aceleradamente mi cuerpo inmanejable y qué piedras serán las que el destino debería hacerme esquivar. Pienso en cuánto me protege el casco que llevo. Pienso que soy demasiado joven para morirme, no quiero hacerlo.

El “gerente” se incorpora pero sigue sentado sobre algunas piedras que están por ahí, se limpia la sangre de la cara. Al cabo de un tiempo logro bajar 40 metros hasta las piedras. Ya no puedo caminar seguro; siento que perdí toda mi confianza, me gustaría que alguien se haga cargo de mi. Nada de esto sucede en la montaña, tengo que hacerlo solo; me saco los grampones y comenzamos, muy lentamente a descender, ya no por la canaleta, sino por las piedras, hacia la derecha, por una vía que termina en la aguja cava.

Una hora después, y recuperados del trauma, llegamos a la aguja; descansamos, nos miramos, nadie habla; no nos decimos nada. Yo estoy enojado conmigo; con todos. Me faltan esas palabras dichas en voz alta.

No lo hicimos. La simple constatación de que no estábamos muertos era ya suficiente para nuestros mermados sistemas nerviosos. Dimos ese perdón por otorgado y me quedé, con la duda infinitesimal de la realidad de esa comprensión mutua.

Pienso: -“el que se exige entre compañeros que suben una montaña juntos, no deben olvidar que cuanto mayor es la sensibilidad mayor es el placer, sí, pero también –pienso- lo es el posible dolor”

Decía Mark Twigh que su mayor ventaja en montaña era el número de fracasos que había cosechado. Se había bajado de tantos sitios que no tenía ninguna duda acerca de su capacidad de sobrevivir a cualquier retirada. Yo también soy capaz de bajarme de muchas montañas. Capaz psíquicamente y capaz técnicamente, pero hoy siento que no lo hice!

Encaramos aquel descenso con muy diferentes actitudes. Algunos estaban liberados y no parecían sentir el cansancio muscular. Yo, liberado de preocupaciones muy diferentes, encaré aquel descenso con la desconfianza que me aconsejaba alguna experiencia.

A una de las mujeres le cuesta descender; le tiemblan los labios, las piernas y en un momento cae de frente, da duro contra una piedra y se marcó la frente; se aguanta nuestras miradas sin pestañear.

Mi fatigado cerebro deja que afloren algunos sentimientos que llevaban apagados desde el resbalón... ahora es resbalón!, me digo. Hace algunas horas fue una rodada casi mortal, por qué soy así?, por qué me cuesta poner en contexto las cosas?. Sometido a un esfuerzo agotador mi cuerpo reduce sus capacidades y el cerebro detiene los procesos más racionales y se queda con los básicos.

De a ratos y mientras descendía, seguía pensando en la idea de que mamá me bajara de ahí, esta idea absurda, no sólo porque ella esta muerta, sino porque ya no era un niño, para que ella me sacara de los problemas en los que solía meterme. Esos segundos en los que había pensado que era mejor estar corriendo en el parque y no escalando una pared de hielo y nieve dura para la cual no estaba preparado todavía, y que automáticamente y como queriendo engañar al destino, había dicho en voz baja, “...prometo no volver a hacerlo o prometo que cuando vuelva, si salgo de acá... haré esto o lo otro pero por favor, quiero salir de acá sin dolor.
Seguimos bajando, ahora lado del corredor de nieve de la aguja, que nos trae muchos problemas.

Bajar tras pasar por una situación difícil proporciona siempre una visión de la vida extrañamente distanciada, como si la perspectiva hubiese experimentado una sutil alteración congelada temporalmente en esas decisiones en blanco y negro que te ofrece la montaña. Cosas que antes te parecían importantes, te ponían nervioso y preocupado, parecen ahora insignificantes. Dinero, planes a futuro, seguridad, todo lo que parece el fundamento de la vida moderna, es irrelevante. Por un corto instante la realidad se limita a estar vivo y a disfrutar los placeres insospechadamente simples, como estar con los dos pies sobre algo firme.

En la vida hay mucho más de lo que nos han enseñado a esperar de ella. Con el accidente me parece haber aprendido que es lo que significa estar vivo, y cuán frágil y preciosa es la existencia, hay tanto que perder en un segundo de descuido y tanto que disfrutar cuando uno conoce el valor de la vida.

"¿De qué naturaleza son las sensaciones que experimenta en los últimos segundos de su vida la persona que sufre un repentino accidente mortal? Se dice que suelen imaginar frecuentemente algo horrible. Se piensa en la desesperación extrema, en el mayor sufrimiento y en terribles dolores, y a continuación se intenta encontrar en las expresiones desfiguradas de los muertos la deformación producida por el miedo.

Pero sin embargo, esto no es así, me dice el “gerente”, mientras caía no sentía ningún dolor, tampoco miedo paralizante. Sin embargo, mi mirada sobre su caída, no es lo que el piensa, no cabe duda que presenciar la caída de otra persona es incomparablemente más penoso en cuanto a la momentánea sensación subjetiva y del recuerdo, una vez que paré en mi caída, mi cuerpo y alma quedaron temblorosos, incluso tuve cierta incapacidad para moverme; sin embargo el, que cayó, si no se hirió gravemente, está más allá del sufrimiento y del terror."

Ahora más tranquilo, pienso en esta oportunidad única para experimentar cierto incremento de la capacidad de ver y de sentir en el límite. Seguro que muchos piensan que el montañismo es una actividad suicida; pero como decía Eugene Guido Lamer "Aquel que esté cansado de vivir debería emprender una aventura seria en las montañas. Primero atravesar la suave y conciliadora soledad de los valles, para luego, ante la grandeza intemporal de este mundo elevado, percatarse de lo pequeño que resulta su yo y de lo in[a]preciables que son sus preocupaciones y padecimientos. Entonces habrá de hollar la vía realmente peligrosa: sorprendido, experimentará por sí mismo cómo ante la violencia del viento huracanado le asaltan de nuevo las ganas de vivir. Cómo lucha y se defiende, cómo moviliza continuamente nuevas tropas de refresco para sus fuerzas físicas y espirituales, sólo para no morir. El alpinista deportivo es el polo opuesto del suicida."




A veces pienso en que soy temeroso, y sé también que nunca me podría suicidar en una pared o en una montaña alta y lejana. Esto no quiere decir que yo esté convencido de que no me va a pasar nada. No ignoro los peligros, pero en mi opinión, la muerte voluntaria no sólo no es posible en absoluto en el territorio fronterizo de la muerte. ¿Por qué? No lo sé. Sólo sé que allí arriba me aferro más a la vida que en el valle, y no he encontrado ningún caso en el que una persona que se encuentra en una situación peligrosa en la montaña haya abandonado la vida voluntariamente.

Pienso que uno no busca alcanzar la muerte a través de la "locura calculada" en una subida, sino más bien a la vida y a sí mismo. Es esta una actividad biofílica más que necrofílica donde las experiencias personales son más importantes que la meta física misma porque el montañismo está saturado de estereotipos muy marcados. Como la vida misma que contiene toda una serie de clichés extendidos, mucho fulgor de las auroras, mucho ser felices, pero muy pocas impresiones personales o espirituales. Creo que hay muchos montañistas atrapados por esta suerte de cursilería. De puras ansias de conquista. "¡Tengo llegar a la cumbre!", no son capaces de encontrarse a sí mismos, o bien por una vergüenza mal entendida, "eso no cuenta", lo silencian todo respecto a su mundo interior."

De vuelta al auto, y a Mendoza; se mezclan la alegría de lo mucho vivido con la tristeza de abandonar un lugar que ya forma parte de los sitios a los que deseas volver con asiduidad. A algunos la magia de las montañas nos deja hechizados para siempre y nos impulsa a volver una y otra vez. En estas montañas tengo la percepción que hay tanto para hacer que siempre quedan nuevos sueños, y si puedo, seguro que volveré a cumplirlos.

Ya que no se trata de alcanzar la cumbre, el éxito, entonces me pregunto; ¿dónde se encuentran las motivaciones? ¿Necesita acaso el "Yo" que se desarrolla en los límites de la muerte un continuo aporte de nuevo "combustible"? ¿Es una dependencia? ¿Soy un adicto? He tratado de darme estas respuestas, y así nace este nuevo relato.

A veces uno se confunde o se deja alentar por las facilidades en los accesos en algunas montañas, o por la moda de la escalada de consumo, que te hace adentrar en la montaña sin formación o sin experiencia mínima en algunas técnicas. Ser un escalador de altas montañas, no es tarea fácil ni rápida y no hay atajos. La buena formación es necesaria si uno no quiere correr riesgos; esa formación junto con la experiencia poco a poco acumulada, es el gran bagaje para hacer frente a estas situaciones y decisiones graves, algo que no sólo ocurre en las grandes montañas, sino en cualquier faceta de la vida. La formación cuesta tiempo y dinero, pero que mejor inversión que en la vida de uno mismo.

La escalada en nieve y hielo, como cualquier actividad que se desarrolle en un medio tan cambiante y ajeno al ser humano, se aprende despacio y desgraciadamente en nuestra acelerada sociedad, hay apuro para todo. Si alguna vez tuviera un hijo que quiera iniciarse en este maravilloso mundo de nieve y hielo, le diría que nunca tenga prisa, que las montañas siempre están ahí y si hoy no es un día para subir, no pasa nada, no se trata de coleccionar montañas, vías, grados, cascadas o cumbres y menos ser el más rápido en subir y bajar de tal pico.

En muchos aspectos esta fue otra experiencia que –creo- me convirtió en un mejor escalador. Siento que aprendo muy de prisa, y que cometo muchos errores que espero no volver a repetir. Hoy necesito volver a la montaña, cuidarme más a mi mismo, evaluar mejor mis posibilidades y tener un mejor ojo para los peligros objetivos y los retos técnicos que plantea el montañismo.

Necesito aprender a bajarme de una montaña sin no estoy convencido del todo. A veces cuando pienso en lo que pasé; pienso que la vida no fue cruel en ese momento, pero si alarmantemente efímera.

En ocasiones sentimos que estamos más allá del alcance de nuestra conciencia, que de alguna manera somos mudos testigos de algo que no alcanzamos a entender hasta que la muerte, por fin, acaba con el dilema. Nos esforzamos por convertir a la muerte en una extraña, por vivir vidas seguras, por alimentar falsas esperanzas de inmortalidad y, a pesar de todo, la muerte nos define a todos. Ella no está muy lejos de la vida, y los muertos no están muy lejos de los vivos. El problema radica en que excluimos la muerte de nuestras vidas y, de ese modo, nuestros muertos se convierten en extraños para nosotros, en lugar de seguir siendo los “amigos” que alguna vez fueron.

Los días siguientes, no pude dormir... el regreso a Buenos Aires fue traumático, en más de una ocasión me pregunté por qué era necesario que corriera estos riesgos, qué buscaba con esto; a quién quería decirle que todavía estaba vivo. Siempre asombré lo rápido que pasa la vida después de algún hecho traumático y lo poco que tardan nuestros recuerdos en desvanecerse. Este hecho fortuito me puso por un momento del lado oscuro, pero al mismo tiempo me hizo dar cuenta que estar vivo, me hace vivir más.

San Bernardo II (agosto 2008)

Salimos el sábado a la noche; esta vez no hay cerros previos, directamente saldremos a la madrugada del domingo e intentaremos hacer cumbre en el día.

El baqueano –que nos guiará- dice que es posible.
Se suma un amigo que hice en el Champaquí hace unos meses, dice que quiere hacer el curso de guía de alta montaña y esta será una prueba a superar.
Somos un grupo grande, un australiano con negocios en Chile y Mendoza, tres mujeres, un gerente mendocino, otro amigo y una mujer con mucha fuerza de 60 años y modista. Algunos ya decidieron caminar con nosotros hasta la base y caminar por el valle.

7 de la mañana, suena el despertador –tarde... como siempre y todo a las corridas-, el desayuno, y a calzarse el equipo pronto. En 30’ estaremos al pie del cerro. De ascenso neto nos quedan 1400 metros. Amanece cerrado y por mucho que digan las predicciones que va a abrir, nos cuesta creerlo.



No se puede decir que el día haya empezado con los mejores presagios. El viento sopló toda la noche con muchas ganas, y aunque ya habíamos decidido no madrugar y retrasamos la salida una hora más.

Un trekking de tres horas, con una exigencia mediana, nos calienta los músculos, el cuerpo se acostumbra lentamente al peso de la mochila y a la altura, ya estamos a 2900 metros. La cabeza no me duele. Hacemos una primera parada; las mujeres del grupo quieren tomar un poco de té; el grupo aprovecha para descansar y comer algo.

Llegamos a 3000 metros, justo al pie de una canaleta de 400 metros de largo por unos 80 o tal vez 100 metros de ancho, a sus costados laderas de piedra. Hacia la izquierda la ruta normal, por un filo generoso; a la izquierda otra canaleta, que te lleva hacia la aguja cava, donde estuvimos hace un mes. Hoy tiene mucha más nieve y está congelada. Nos calzamos los grampones, el casco, empuñamos los piolets y comenzamos a subirla.




La escalada en hielo o en nieve dura se da siempre en alta montaña, y es sin dudas uno de los lugares más lindos del planeta, pero también uno de los lugares más duros e inhóspitos. La escalada en nieve se menosprecia con frecuencia, pero a menudo también pasa uno más miedo o está más inseguro, cuando se las tiene que ver con nieve durante una escalada en alta montaña. La escalada en nieve no es espectacular, pero requiere de más experiencia y de cierta capacidad para juzgar las condiciones. Ahora y al pie de la canaleta, recuerdo las palabras de los chicos de Mendoza..; el San Bernardo no es una montaña fácil; y menos por la canaleta. La nieve es el más cambiante de los elementos escalables y si bien puede ayudarte; también tapa obstáculos como bloques empotrados o pedreras, sujeta piedras sueltas y con frecuencia te hace las subidas más rápidas y los descensos más simples. Pero también esconde muchas trampas; y las decisiones adecuadas son críticas. Espero que el “guía” lo sepa.

Piolets en mano, y comenzamos a progresar con seguridad en la nieve; yo aprendo –no se si es oportuno hacerlo hoy.-Algunas aplicaciones prácticas, pero como todo en la vida –creo- se aprende haciendo. Los piolets me sirven de apoyo, autoseguro y espero que no de freno.. se trata de un largo y monótono ascenso, a cada paso nos hundimos un poco; tratamos de adaptar el paso a un ritmo sostenible y que se pueda mantener por las próximas 4 o 5 horas que nos quedan hasta la cima.

Por ahora hay 50° o 55° de pendiente y según los libros, ya hay que considerarla “pendiente fuerte”. El viento sopla muy fuerte pero extrañamente lo hace desde abajo hacia arriba, así que no molesta; sino que ayuda a sostener el paso y el equilibrio.




Vamos por una canaleta muy grande, cara sur, que ayudada por el intenso frío invernal y por su disposición oculta del sol prácticamente durante todo el día. A veces encontramos nieve polvo, pero en otros lugares, se nota que las radiaciones solares, la temperatura, el viento, la humedad y la fuerza de la gravedad, la transforman en dura. Apenas se pueden clavar los grampones. Por ahora es mejor que esta canaleta no esté en una cara soleada, porque sería mucho más profunda e inestable, y el riesgo de alud sería alto; además tendríamos problemas para abrir huella, nadie quiere abrir..

Habitualmente no hay que preocuparse por el tiempo del momento, sino por el tiempo que hizo antes, una buena helada en una noche limpia después de varios días de lluvia o temperaturas altas, garantiza encontrar nieve dura y excelente hasta que el calor del día vuelva a ablandarla; sin embargo una nevada seguida de días fríos, hace que la nieve no se estabilice, que permanezca suelta y con peligros de avalancha. Lo mismo para el hielo. Con altas temperaturas, el hielo es fácil y rápido de escalar, pero hace incierta o inútil cualquier protección y por el contrario, una temperatura extremadamente baja hace el hielo duro y estalladizo, y muy difícil de escalar. Dicen que la mejor temperatura para escalar es 0º. Pero no se puede esperar a tener esta temperatura, el color del hielo nos dice mucho sobre su dureza y hoy se ve transparente y esto es símbolo de dureza y fragilidad.

La aproximación sigue siendo larga y ahora es un poco más complicada, una travesía por zonas poco claras… Un collado de 400 metros de desnivel, siempre en travesía hacia la derecha y con una pendiente pronunciada, en su parte final, cerca de lo que se conoce como “La capillita”, una pendiente de 60º en nieve muy dura. Por último una arista estrecha, venteada y con subidas y bajadas nos debiera depositar en la cumbre de 4300 metros.

Dudamos mucho, vamos por acá; o por allá...; empezamos a subir, con mucha precaución, según ascendemos vemos que el tiempo parece acertar y que va poco a poco abriendo, aunque el sol, no sale. ¡Que paisajes!!!… En pleno corazón de Vallecitos de a poco se van las nubes y se pueden descubrir algunos picos, la cara sur del cerro Colorado de 5200 metros, la súper canaleta del cerro Rincón también con sus 5200 metros; el Stepanek con sus 4200 metros, el canal sur del cerro Adolfo Calle con sus 4300 metros de paredes que quitan el hipo, glaciares inmensos rodeándote… entre estas cumbres está nuestro objetivo. El San Bernardo. Estamos en 3400 y uno de los chicos comienza a descomponerse; le baja fuertemente la presión, sigue, en 3500 metros, vuelve fuertemente a descompensarse. Me siento mal, yo lo invité.



Yo en cambio me siento pleno; el entrenamiento da siempre resultado
Parada para hidratar, el frío es intenso, son las 12 del mediodía, hay hielo en los costados, pero se sube sin demasiadas dificultades; al menos yo.Todo parece ir bien. Me siento precipitado en algo nuevo, insólito. Tengo impresiones muy vivas, extrañas, que nunca había sentido antes cuando me encontraba en la montaña. Muchas veces pienso en que olvidé mi mp3 que me acompaña siempre. No tengo a Dylan, ni a Zeppellin y de verdad, los extraño.

Ahora hay dos que deciden no seguir, para alguno de ellos es la tercera vez que deja el San Bernardo, no le gusta, le trae malos recuerdos, sufre mucho con esta montaña, no es su montaña. Seguimos subiendo, me siento vital, con mucha energía. No subo en zigzag, sino recto; clavo los crampones de frente con fuerza en la nieve dura, y extiendo el piolet hasta clavarlo, me sostengo y subo como por una escalera. El resto me sigue a cierta distancia. Sólo el “gerente”, sigue el ritmo. El siempre quiere llegar primero.

San Bernardo I (agosto 2008)

El bichito del Aconcagua sigue picando..., me viene a la mente todo el tiempo el pensamiento de, ”..cuando no he conseguido la primera ascensión, he efectuado siempre la segunda..”

El entrenamiento me obliga a seguir algunas pautas y a adecuarme a situaciones, experiencias y posibilidades. Es indispensable tener buena salud..
Sigo corriendo como todos los días mis 15k diarios, me siento bien, este año además voy a correr el medio maratón y el maratón de Buenos Aires, así que todo suma.

Seguro que para una persona que se haya pasado los últimos diez años detrás de un escritorio sin énfasis en mantenerse en forma, una experiencia como la del Aconcagua o cualquier montaña de más de 6000 le puede tomar dos años para recobrar su habilidad física, pero una persona que haya priorizado su estado físico y ha realizado cierto entrenamiento como una parte de su rutina diaria, puede tardar sólo unos meses para estar a tono para las demandas de esta montaña.

Lo primero que necesito es desarrollar la paciencia, para la paciencia en general y para la paciencia para llevar de 25 a 30 kg. de peso usando botas dobles, durante 8 horas por día.

Me gusta ponerme estas zanahorias al inicio del año, me hacen más fácil sobrellevarlo y divertirme...; pienso: entrenar la vitalidad, correr, hacer bici, esquiar, y correr todas las carreras de calle y de aventura que el cuerpo y bolsillo me den; necesito variar las rutinas para prevenir las lesiones. Necesito entrenamiento de peso de resistencia progresivo para mejorar el metabolismo anaeróbico que necesita mucho trabajo muscular. Leo que este tipo de producción de energía humana es alimentado por hidratos de carbono almacenados que no requieren oxígeno adicional para ser puesto a disposición de los músculos, así que los restoranes italianos pasan a estar en primera línea.

Si quiero ser bueno en subir montañas grandes con un gran peso, tengo que empezar por las montañas más bajas con poco peso.

En junio me voy a Vallecitos, a la cordillera Frontal, y puedo hacer la Aguja CABA, un promontorio de piedra de 3400 metros subiendo un nevero con nieve hasta la rodilla en cuesta de 45° y el Loma Blanca, mi primer 4000 invernal.







La cordillera frontal parece ser el lugar ideal para forjar el espíritu de grupo, y las piernas, para las largas jornadas que se vendrán en el Aconcagua. Es como si buscara prepararme mentalmente... saber antes de empezar la subida -y aceptar el hecho que en algunos momentos voy a estar incómodo y que mi cuerpo no va a cooperar- y voy a tener que empujarme.






Reinhold Messner dice “... Experimentarse a uno mismo significa vivir, la vida no es otra cosa que una vital y continua experiencia de uno mismo. Quien no experimenta continuamente cosas nuevas termina estancándose. Quien no tiene sus propias experiencias, sino que se deja conducir por las experiencias de otros, acaba vegetando...” Será esto que me lleva todo el tiempo a buscar nuevas experiencias?, no lo sé pero me resulta lindo y fantástico preguntármelo todo el tiempo.

Entre mayo y julio encadeno semana tras semana, varios picos, crestas y sumo metros de desnivel a mis queridas rodillas por los valles de Mendoza.

Empiezo a sentir de verdad que es más una cuestión de cabeza que otra cosa andar en las montañas, es un placer que lo tenés que llevar muy dentro. El mero hecho de saber el tiempo que vas a tardar desde esa piedra a la otra, es bastante duro, pero por lo contrario esta el aspecto humano, tenés la satisfacción de poder sumar cimas o rutas que te dan más experiencia y por eso te pones enfrente una nueva montaña con una ilusión y una energía, que me descubro solo cuando estoy al pie de una montaña.

Los “platos fuertes” de estos meses son picos fáciles, pero sirven para tener la oportunidad de disfrutar de la alta montaña en todo su esplendor, glaciar, nieve, piedras, frío, vientos blancos, pre-cimas cimas. Al mismo tiempo voy poco a poco familiarizándome con el material que voy comprando, con el factor altura y tal vez con lo más importante; con mi cabeza.

Todo se desarrolla con normalidad y excepto pequeñas curiosidades de los compañeros de montaña que voy conociendo, hacemos los cerros en tiempos normales y sin ningún contratiempo pisamos algunas cimas. El tiempo no nos acompaña mucho y la niebla, las ventiscas y las nevadas hacen su aparición en altura, pero creo que es mejor que estás situaciones aparezcan en 4000 y no en 6000 metros. Bajamos siempre entusiasmados por las cimas. Los nervios y preguntas que aparecen en las noches previas, se disipan con una mezcla de triunfo y cansancio. Cada ascenso es una nueva aventura y tras ir encadenando una cima tras otra, veo que la progresión y el buen ambiente hace que me sienta satisfecho.





Agosto... una vez más me “escapo” a Mendoza, esta vez es el cerro San Bernardo 4300 metros, pero lo interesante es que intentaremos hacerlo por una ruta no normal; el filo que te lleva a la “capillita” queda a la izquierda y nosotros lo intentaremos por el nevero; vamos a usar grampones, piolets, y el el gran protagonista: el hielo.

lunes, 5 de julio de 2010

Lanín III (marzo de 2008)

Yo pienso nuevamente en los pioneros de finales del Siglo XIX que subieron este volcán..., esos si que eran héroes, aunque no estoy seguro que a ellos les hubiera gustado que los llamaran así. Anoto en mi libretita la palabra héroe; me digo: cuando llegue a casa busco en el diccionario que significa. Un héroe significa un hombre que demuestra una bravura extraordinaria, firmeza, fortaleza o grandeza de espíritu en cualquier acción relacionada con cualquier ocupación, trabajo o empresa; un hombre admirado o venerado por sus logros y sus nobles cualidades. Siento que siempre he nutrido mi alma de héroes y sus acciones me han motivado e inspirado. Thomas Hornbein, dijo una vez: quién necesita héroes... creo que todos los necesitamos... dónde encajan los héroes? En cierto modo, son el ingrediente de los sueños. Para mí ocupan una cumbre especial un poco menos accesible, una montaña que en el ojo de mi mente tiene grandes paredes de roca y un hielo brillante, cuya cumbre solitaria y elusiva vela un manto de nubes. Es una montaña que no puedo escalar, que nunca podré, pero sin embargo puedo soñar con ella.

Último tramo, a través del bosque; me encuentro con un Eichenbaum (roble), arranco algunas hojas de Eiche para traer a Buenos Aires, este árbol es muy significativo para mí; sobretodo por el simbolismo de lealtad y fortaleza.

La luz del sol parece filtrarse por un crisol entre los huecos que dejaban los cúmulos cincelados ya por el calor que los evaporaba. Me da un poco de bronca que el sol salga; pero estamos a 700 mts. sobre el nivel del mar, ya estamos casi en la normalidad. Miro la cambiante tonalidad del cielo tras la tormenta que crea una atmósfera de ensueño; me siento como si flotara en aguas tranquilas de un meandro, contemplo las nubes que pasan. Se que tan sólo se trata de ver la belleza que tengo ante mis ojos para olvidar la fealdad de lo que acababa de suceder.

Cuando las nubes se disipan en capas más pequeñas, separadas y blancas, recuerdo algo que me habían contado: que las nubes son balsas para almas que han roto sus lazos con la tierra y derivan hacia el paraíso. A medida que las almas ascienden, los colores se aclaran, se refinan, miro al sol que sae detrás de una nube y una luz intensa arrasa con mis retinas.

La esencia de la belleza sólo puede apreciarse bien cuando se contrasta. El tic-tac de un reloj sólo existe por el silencio que lo rompe. La música es mitad silencio, mitad sonido. Las montañas son para mí los silencios a medias. La paz y la belleza del valle no me dicen nada sin la sombría y amenazante presencia del bloque de piedra que está encima.

Cuando regresamos en la camioneta, busco torpemente el celular, quiero saber si tengo algún sms. Claro... no hay señal, ni la habrá por los próximos 70 km. Sonriendo por lo que pudiera encontrar, lo miro a mi compañero y el sonríe también abiertamente; no sé si porque sabe que busco algo, o porque también lo está disfrutando. Ahora tenemos la situación controlada. Todo va bien. Es para estar contentos. Aunque nuestros planes de subir el Lanín han chacado contra el viento y no podrá ser, me gusta que podamos retirarnos en calma. Tomar decisiones correctas y actuar de manera competente en una situación tensa es tan satisfactorio como triunfar en una ascensión. Haberlo logrado hubiera puesto otra anécdota en mi vida en la montaña. Yo tenía decidido subirlo mucho antes de escribir este relato, así que esto no está planteado como crónica de una escalada y no dependía de que tuviera éxito, ni mucho menos. Lo que me interesan son las barreras psicológicas que tengo que afrontar, los miedos, las flaquezas personales que pueden aflorar.

Las viejas preguntas que me hago casi siempre; adquieren un nuevo significado; conozco los riesgos, qué es lo que empuja a la exploración de lo desconocido ha llevado a la humanidad al punto donde se encuentra hoy. La búsqueda del conocimiento, estar dispuestos a aceptar riesgos para obtener un resultado incierto, ha permitido que la gente progrese espiritual e intelectualmente. El gusanito de descubrir nuevos límites sigue acompañándonos a muchos en todas las facetas de la vida. Los que oímos esa llamada y la llevamos a cabo (en la vida y en la montaña) somos afortunados. Para mí estas cosas y cada vez mas –y aunque a veces duelan las ampollas –en los pies y el corazón- consiste en explorar el alma, y ganar confianza y lecciones, que aprendo intentando algo difícil e improbable. Nuevamente, recuerdo cosas que me han dicho: “no tengas miedo de estar solo con vos mismo en la montaña, cuídate”.

Unos días después y con unas jarras de cerveza en la soleada terraza del hotel nos relajaron lo suficiente como para empezar a hablar de lo que había sucedido. Yo parezco reacio a admitir que la movida había sido peligrosa, hasta el punto en que había empezado a dudar de si la decisión había sido la acertada o no.



Los ascensos tienen mucho de mental, el equilibrio entre atreverse a cualquier cosa o que los nervios puedan con uno es muy sutil. Tal vez seguía pensando que todo es posible cuando uno se deja llevar por lo que siente, y yo seguía pensando, que tenía todo para subir.

Repaso todo lo que he aprendido y lo anoto en la libretita de apuntes. Anoto las pequeñas cosas que me hacen feliz: Testear el equipo; vestirme de “andinista”, comprobar mi buena condición física.

Escalar me enseña como mirar las montañas, leer sus secretos y aprender de las alturas. Más recientemente, pero sobre todo desde que empecé a escribir, me enseña a mirar a la gente (yo incluido); ver nuestro comportamiento, lo que nos cambia escalar. Creo que la frontera de la escalada ya no es técnica o geográfica, sino ética. De eso se debería tratar la escalada: de utilizar la tradición, la ética y la pasión por una actividad para provocar una respuesta más noble en nosotros mismos, eco de lo que nos gustaría ser..

Después de subir una montaña, a veces pienso en que no querría repetirla nunca. La siento única, intensamente personal, y nunca me gustaría perder esa perfecta sensación de ella, o la pasión que me había movido a hacerla. Siempre me pareció que esa pasión como el amor no debería marchitarse. He leído que en el amor no se deben hacer las cosas a medias, que si amas a una mujer, la deberías amar por completo, darle todo. Todavía no se si en este punto he fracasado o no. Las montañas pueden hacerte egoísta, y tal vez por esto uno nunca ama por completo a una mujer... o al menos es lo que a veces me digo a mi mismo. Creo que hay que hacer todo en la vida de manera inequívoca, con generosidad. Sin miedo a perder.

Sentado al sol, tomando otra cerveza y observando de tanto en tanto las montañas que rodean San Martín de los Andes, me doy cuenta que me cuesta dejar las montañas. En cierto modo he regresado a mis raíces, esas que me unen a las montañas, que no sé de dónde vienen.

Lanín II (marzo de 2008)

El viento sigue soplando, cada vez con más intensidad; se siente un fuerte sonido en la lejanía; y 5 segundos después un fuertísimo estruendo sobre la carpa que se mueve violentamente. La tarde anterior estuve observado una cantidad de piedras, que ahora se me ocurre pensar que ninguna de ellas fuera movida por el viento hacia la carpa. Yo no ignoro que las caídas de piedras como los aludes tienen mucho de impredecible, pero siempre creí que la sensatez y la experiencia podían disminuir los riesgo; pensaba; la carpa estará puesta en un buen lugar?, estará bien amarrada?. De todos modos parecía injusto que todo lo planeado para escalar de la manera más segura posible se esfumara por el súbito colapso de un bloque de piedra.
Siempre vuelvo a lo mismo: las montañas no parecen estar al tanto de lo que es justo o deja de serlo.




Preocupado por el viento no soy capaz de conciliar el sueño, escucho los estruendos que golpeaban contra la carpa. Durante un tiempo hago chistes pero mis compañeros de carpa, ya no están de buen humor. Ellos están aterrorizado; la española dice que está asustada; su pareja- intenta contenerla. Yo decido, para no dejarme acorralar por el miedo, y en lugar de obsesionarme con el problema, que hay que encontrar una solución para resolverlo. En general suelo dejarme llevar por la mirada del conjunto, suelo soñar con los ojos abiertos, imaginarme situaciones ideales, -pero que para alcanzarlas– y aunque rara vez lo hago- tengo que superar algunos obstáculos. Tendría que aprender de esto me digo; sobre todo porque me es imposible no pensar en Buenos Aires.

Qué aprenderé ahora, me pregunto; casi todas las experiencias anteriores me han zarandeado hasta la médula. He tenido que aguantar algunas tormentas, reales y metafóricas, que me dejaron una sensación indeleble de vulnerable fragilidad. Generalmente después que pasa una tormenta, me encuentro invadido por una fuerza; que siempre la comparo con correr los 42.195 de Filípides. Cuando termino, siento que puedo hacer cualquier cosa. Con una suerte de exultante confianza que nace del hecho de salir ileso. Cuando supero la “tormenta” y el miedo desaparece, siempre deja lugar al asombro y este asombro siempre crece a medida que voy recordando la belleza de lo que he visto. Las montañas son así de contradictorias. Puedo recordar su belleza, pero nunca consigo acordarme bien del miedo. Tal vez porque la belleza puede verse, mientras que el miedo pasa inadvertido; y siempre es más sencillo recordad la hermosura.

En voz baja, conversamos con mi compañero.
-Sabés que podemos hacerlo –digo-. Hemos visto como es el camino. Todo eso nos ha traído hasta acá. No ha cambiado nada. Si no nos gusta, nos bajamos; sin reproches, sin disgustos. Pero tenemos que convencer al guía.
-Si lo sé. Tenés razón -me dice. Seguro que cuando esté subiendo voy a sentir perfectamente. Es sólo que... bueno, no dejo de ponerme nervioso...
-y? Somos nosotros quienes elegimos el riesgo, no la montaña.
Si- tenés razón.
-Mirá, creo que deberíamos subir mañana y echar un vistazo. Al menos intentarlo, no?.
-Si no da, bajamos todo y nos volvemos.
Exacto – coincidí- Si a alguno de los dos no nos gusta, se acabó el asunto. Nos rajamos y hacemos otra cosa.
-Tiene gracia como nos lo tomamos, no?, me refiero a los riesgos; la manera en que lo afrontamos., te acordás en el Aconcagua?
-y parece que cada vez sea distinto, verdad ?
-nunca me preocupé cuando era más joven, -ah, me dijo, eso porque la experiencia no se tiene hasta que a uno no le hace falta! Ése es el problema!
-el problema es darse cuenta de golpe de que has dejado de ser “inmortal” –digo-
-todo es cuestión de probabilidades. Unos días sos mosquito, otras el parabrisas.

Nos quedamos acurrucados todos en la carpa, en plena tormenta. Sin embargo, yo me siento feliz. Pienso que no siento que soy un mero espectador, impotente y aterrado. El mundo revienta a nuestro alrededor y nos quedamos quietos, inmóviles, hasta que me parece que nosotros también giramos, frenéticos, en la tormenta dando vueltas, desamparados en el espacio, sin ser ya humanos, sin sentir; absorbidos por la tempestad, elementales. Contemplo embelesado como se desataban estas fuerzas tremendas a nuestro alrededor.

Pienso en los suizos; ellos han llegado al refugio del Club Andino Junín de los Andes (El CAJA) y me dicen que ahí, sobre el filo, el viento se siente mucho más.
Miércoles, a las 10.00 la luz tenue del sol se deja mostrar; el viento no ha parado; la nieve tampoco, y decidimos quedarnos un día más y esperar..

A veces no sabemos que decirnos, llevamos 30 horas mirándonos. Luego todo queda en silencio y la tormenta desaparece entre murmullos y chasquidos de enojo, y yo sonrío. Una lluvia tranquila pone fin a la inclemencia

Jueves, 02:00 de la madrugada; el viento casi no se nota; nos preparamos y salimos de la carpa. Estamos listos hace más de 24 horas para iniciar el ascenso. Media hora más tarde estamos usando los grampones, y las piquetas, hay mucho hielo, y porciones de nieve fresca y de nieve polvo detrás de las grandes piedras; salimos con destino el Plateau de los 3.000 mts. Bajo el ondulante haz de luz de mi frontal, observo lo lindo que muerden el hielo mis grampones. Nos movemos con cuidado en la oscuridad. El guía espera siempre al resto; sobretodo a los españoles y al economista porteño- que viene muy atrás.

Ahora me toca a mí esperarlo. se paró y se inclina hacia delante con su piqueta para apoyarse y recuperar el aire.
¿qué tal vas? –pregunto-
muy bien –me contesta- Sólo un poco cansado.
Si seguimos a este ritmo seguro no tendremos problemas.

Parece un senderista en actividad; era economista, en estos dos días sólo había abierto la boca para quejarse de las intromisiones del Ministro de Planificación en “su” Ministerio y por eso se había ido al sector privado. No esquiaba, ni tenía experiencia en hielo me había dicho la tarde anterior pero había subido con guía a unas cuantas montañas.
-mierda, esto resbala muchísimo –dije-, al mismo tiempo que tomo aire y basculo mi cuerpo. El peso de mi mochila y el viento que nuevamente aparece me hace perder el equilibrio tirando de mí hacia atrás y eso me impide empotrarme en la postura que quiero. Me siento torpe y estos grampones, no se agarran bien en el hielo podrido. Durante un momento me siento eufórico. “estamos en el Lanín”. Por fin!, no llevas más que un par de horas en hielo y nieve, pero para mí es un momento trascendental. Incluso –pienso-, si nos dámos la vuelta en este mismo momento, podré darme cuenta lo que estoy disfrutando.
-¿animado? Pregunto.
-si mucho –dice mi compañero, y supe que sentía lo mismo que yo. El mero hecho de estar ahí ya era importante para nosotros. Noté cómo me liberaba de un montón de preocupaciones mientras estudiaba los próximos pasos. La emoción me embarga. Todo me resulta familiar, los movimientos, prepararse el material, el sonido de la montaña, un silencio roto de tanto en tanto por una piedra que cae... me doy cuanta de lo mucho que extraño cualquier montaña.

El economista “liberal” camina con dificultad; de pronto su bota resbala, junta la pierna para recuperar el equilibrio. Tal vez, como sabe que no es más que un paso, lo único que necesita es darse más valor, consciente de que luego será más fácil. La manera de recuperar confianza en la montaña –y creo que en la vida- es enfrentarse al miedo que te hace perderla. Quizás... receloso ya por lo traicionero de las condiciones, alcanza este punto crítico. Recular y recurrir a la cuerda es como admitir el fracaso. Podría dar rienda suelta a los miedos que acabaran con la confianza que le quede. Lo mira una audiencia atenta y ansiosa.

Es posible que sienta que no puede echarse atrás; apenas un paso largo y recuperará su aplomo. Es el momento de ser bravo. Para eso esta acá.

Pensamos que la nieve está dura; pero no tanto; el cielo no está despejado; no hay luna a la vista y si hay viento. Las condiciones no son las mejores. Pasamos por la derecha del planchón de nieve, evitando un sector de grietas.

Yo también me he detenido muchas veces ante un movimiento particularmente delicado. He dudado mientras trataba de reunir valor y luego he superado o alcanzado un agarré mínimo. Luego suspiro de alivio. Es la esencia de la montaña. Durante un momento que parece infinito, todo se concentra en el resultado de un 8cambio de peso, un gesto calculado del que depende todo el resultado de la escalada.

A las 6 de la mañana y después de un agotador ascenso de apenas 500 mts., el viento empieza a soplar con cierta intensidad. Le sumamos además algunas caídas de la pareja de españoles; y el guía, por una mezcla de seriedad y negocio decide que es más seguro volver. Propongo quedarnos en las carpas hasta que el viento pase, pero no hay quórum. Nadie, excepto mi amigo quiere esto. A las 10:00 estamos nuevamente desayunando, te y galletitas con salame.
11:00; iniciamos el descenso. Nosotros no queremos bajar rápido. Sabemos que el guía tiene otro compromiso y se lo queremos hacer difícil, además tal vez mañana si podamos subir sin problemas.

Paramos a tomar otro té, justo sobre unas piedras que usamos de reparo, veo las diminutas figuras de los tres suizos y su guía, aparecen en la pendiente, casi llegando al sendero de las mulas. Bajaban a buen ritmo y de no haber encontrado tanto viento y nieve, por la condición que tenían hubieran hecho cumbre. Parecían buena gente, con talento, modestos, y afables... me puse contento de volver a verlos nuevamente.

La única manera de conocer los límites de lo posible en uno es aventurarse un poco más allá de ellos, hacia lo que a veces parece imposible. Actuar sin temores o quedarme paralizado dejando pasar de largo "valiosas" oportunidades. Valoro mis cualidades, mis logros y capacidades, y fomento cualidades positivas. Analizo mis límites, intento superarlos o aceptarlos si no es posible. De esto se tratan mis historias.

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